Cálculo comercial

El ábaco, de origen incierto, fue uno de los primeros instrumentos que se utilizaron para contar. Probablemente en sus inicios no fuese más que una superficie plana con líneas dibujadas dispuesta en el suelo, en la que se movían piedras o cuentas. Más tarde los ábacos se diseñaron a base de cuentas insertas en alambres fijados a un marco de madera. Hay varios tipos de ábacos que funcionan de forma parecida y todavía se usan: el suanpan chino, el soroban japonés y el schoty ruso.

La Revolución Científica del siglo XVII sirvió de acicate al diseño de dispositivos mecánicos de ayuda al cálculo: el Ábaco Neperiano (1617) de John Napier, el Reloj Calculante (1623) de Wilhelm Schickard, la Pascalina (1642) de Blaise Pascal y la máquina de Leibniz (1671). En la Pascalina los números se representan con ruedas que se hacen girar por medio de un punzón. Las ruedas se conectan a una serie de engranajes unidos entre sí con el objeto de transmitir el acarreo al dígito situado a la izquierda. El funcionamiento de máquina de Leibniz se basaba en la denominada rueda o cilindro de Leibniz, un tambor con forma cilíndrica y dientes de longitud variable que se hacía girar con una manivela o manubrio.

En esta misma época el francés Claude Perrault ideó el Ábaco de ranuras o de cremallera (1670), también denominado aritmógrafo o contóstilo, un dispositivo en el que los números se introducen desplazando unas regletas con un punzón. Los Ábacos de círculos o de tipo Pascalina funcionan igual pero los números se representan con ruedas.

 

Todas estas calculadoras requieren gran concentración de la persona que las maneja, ya sea en la preparación previa de la operación, ya sea durante el propio desarrollo mecánico del cálculo mediante la manivela o el punzón. El objetivo era reducir el tiempo y asegurar la corrección del cálculo, sobre todo en las operaciones más complejas como el producto y la división, que se hacían, respectivamente, a base de sumas y de restas sucesivas.

Las grandes necesidades de cómputo requeridas por la Revolución Industrial durante el siglo XIX estimularon el diseño y fabricación de nuevos aparatos. En particular, la rueda de Leibniz sirvió de base tanto al Aritmómetro (1820) del francés Thomas Colmar, primera máquina de calcular que se comercializó con éxito, como a las calculadoras de ruedas de pines, inventadas poco después de 1870 y de forma independiente en Estados Unidos (Frank Stephen Baldwin) y Rusia (Wilgott Théophile Odhner). En todas estas máquinas los números se introducen desplazando palancas o botones hasta la posición adecuada, mientras que las operaciones se efectúan haciendo girar una manivela: la suma en un sentido y la resta en el contrario.

 

Un poco más tarde, el Comptómetro (1887) del estadounidense Dorr E. Felt fue la primera calculadora de tecla pulsada. En vez de hacer deslizar palancas para introducir los números y mover una manivela para hacer la operación, cada tecla es capaz de sumar o restar su valor tan pronto se presiona. Esto hacía posible que una persona experta pudiese usar, a la vez, todos sus dedos para introducir un número de varias cifras y efectuar una suma o una resta con la propia pulsación. Debido a su gran velocidad de cómputo, los comptómetros se emplearon principalmente en los departamentos de contabilidad de bancos y empresas.

Cabe resaltar la proliferación publicaciones relacionadas con el cálculo aritmético y el manejo de instrumentos. Por ejemplo, había libros que enseñaban métodos sencillos y rápidos de hacer operaciones, y los de cuentas ya hechas o cuentas ajustadas, orientadas a los pequeños comerciantes, que mostraban resultados de multiplicaciones y divisiones, reglas de tres, cálculos con docenas, equivalencias entre distintos tipos de monedas, unidades de peso y volumen, o el cálculo de porcentajes e intereses.

Con el discurrir del siglo XX se fue imponiendo el mecanismo de tecla pulsada para introducir los números y se incorporó un motor eléctrico para hacer girar los engranajes. La necesidad de guardar memoria de las operaciones hizo que en algunas calculadoras se añadiesen mecanismos de impresión en rollos de papel. También se popularizaron las sumadoras y los aritmógrafos de bolsillo. A mediados de siglo aparecieron las primeras calculadoras capaces de multiplicar y dividir de forma totalmente automática, como las fabricadas por la empresa italiana Olivetti. Finalmente, a partir de la década de 1970, todos estos dispositivos fueron reemplazados por calculadoras electrónicas, mucho más pequeñas, baratas y fáciles de manejar.